viernes, 20 de junio de 2008

LOS MEDIOS Y "POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLER"


EL PAIS
Javier Vallejo 10/11/2007

Crónica sentimental de España, Por los ojos de Raquel Meller y Ojos verdes evocan en el teatro las crónicas de Manuel Vázquez Montalbán, la vida de la cupletista y la biografía de Miguel de Molina, de quien se cumple en 2008 el centenario de su nacimiento.
A Miguel de Molina fueron a buscarlo tres hombres con txapelas y trincheras blancas a la puerta de su camerino del teatro Pavón. Lo sacaron sin contemplaciones por la puerta de artistas, lo metieron en un auto y pusieron rumbo a los altos de la Castellana, cerca de donde está hoy el grande de los grandes almacenes. Allí le atizaron con la culata de una pistola, le raparon la cabeza a tirones y de un golpe que le rompió dos dientes, le metieron en la boca un frasco con aceite de ricino mezclado con vaselina, que hubo de apurar hasta la hez. Eso le pasaba, le gritaron, "por maricón y por rojo". Cuando acabaron con él, poniéndose en medio de la carretera consiguió parar un taxi, que le devolvió al teatro. El empresario, un tal Prieto, falangista camisa vieja, pretendía que hiciese la función de noche: con un pañuelo en la cabeza, decía, no se notaría el estropicio.... En la Guerra Civil, finalizada siete meses atrás, Molina y Amalia Isaura, su pareja artística, habían actuado para las tropas de la República en el frente de Teruel, en la retaguardia y en los hospitales. Ahora empezaban a pagarlo.

"El poder no sólo opera desde leyes y parlamentos, sino que también lo hace desde la sentimentalidad", dice Xavier Albertí
Molina fue el primer hombre en cantar el repertorio de las cupletistas sin imitarlas, es decir, sin vestirse como ellas ni afeminar la voz ni el gesto. Raquel Meller, la más internacional de todas (y la pionera en hacer de la copla un género dramático), celebró la sublevación de Franco en París, brindando con champán, cuando todavía era la estrella del Casino. Tras la victoria azul, sabiéndose en el declive de su carrera, decidió regresar a Barcelona, donde le montaron un espectáculo a su medida, con música del maestro Padilla. Coincidiendo con su vuelta, en la Ciudad Condal nacía Manuel Vázquez Montalbán, quien, con tanta copla colándose por entre la ropa tendida, acabó siendo el gran relator de la crónica sentimental de España. Tres espectáculos de éxito glosan estos días las crónicas del periodista, la vida de la cupletista y las andanzas de Miguel de Molina, cuyo centenario se celebra en 2008. Son Crónica sentimental de España, Por los ojos de Raquel Meller y Ojos verdes.
Ojos verdes, dirigido por Marc Vilavella, es una de las sorpresas de este comienzo de temporada: llenó a diario el pequeño Espai Brossa y pronto estará programado en un teatro grande. Vilavella, actor y cantante, pensaba sacar partido a sus facultades canoras recreando la vida de Jacques Brel o la de Ovidi Montllor en su montaje de fin de carrera del Institut del Teatre, en la especialidad de Dramaturgia, cuando una amiga le puso en las manos la autobiografía de Miguel de Molina. Hasta entonces, ni había oído hablar de él. El libro le apasionó, y sus canciones más. La vida de Miguel de Molina (1908-1993) da para una película. Empezó abajo del todo. Su madre, que se ganaba la vida fregando, hubo de educarle en una casa de misericordia. El chico, espabilado, se pone a trabajar a los once años. A los catorce, cambia Málaga por Algeciras, donde se hospeda y trabaja en el burdel de Pepa La Limpia.
Quizá lo más novelesco de la autobiografía y del espectáculo que la resume sea la iniciación amorosa del cantante. El relato de la seducción de Molina por el moro Samido en el café árabe de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929 y su desaparición repentina tras la noche que pasan juntos en la Alameda de Hércules huelen a sándalo quemado en la lámpara de Las 1.001 noches.
Ojos verdes da cuenta de la devoción que el cantante sintió por Lorca, de su rivalidad con la Piquer, de su éxito creciente... Su pareja artística más duradera fue Amalia Isaura, a quien llamaban "la enterradora de cuplés", porque los cortaba a la mitad para introducir recitados divertidísimos. Isaura y él, a solas, hicieron durante la guerra carretera y manta por esos pueblos del levante republicano. Formaban una de aquellas parejas de varietés que Sanchís Sinisterra refleja tan bien en ¡Ay Carmela! En esos días, durante los momentos de tregua, en las trincheras franquistas se cantaba: "Yo te daré, / te daré niña hermosa..." y los milicianos respondían entonando Ojos verdes. Las coplas también eran un arma arrojadiza.
Con la victoria, la desgracia asaltó a los vencidos. Prieto, empresario falangista, ofreció trabajo y protección a Molina a cambio de un caché bajo. "Si decides trabajar por tu cuenta", le advirtió, "puedes tener problemas graves". Y los tuvo. Tras el episodio del Teatro Pavón se le puso difícil seguir actuando, porque en sus espectáculos aparecían siempre alborotadores. Los empresarios empezaron a esquivarle.
¿Quién se la tenía jurada a Miguel de Molina? Según acabo averiguando, un alto funcionario, "homosexual resentido", escribe el cantante, con un cargo en Falange y muy próximo a Serrano Suñer. Un predecesor de Roy M. Cohn, colaborador gay del senador MacCarthy. Acorralado el cantante puso rumbo a Suramérica.
Vilavella, que interpreta al protagonista de Ojos verdes, tiene 27 años y es catalán de pura cepa: "Mi familia todavía se pregunta de dónde me viene la vena andaluza", explica. "Antes de meterme en esto, creía que la copla era casposa. Ahora me parece que me estaba perdiendo algo importante. Mis abuelos, con todo lo catalanes que son, se saben de memoria muchísimas coplas. Mi generación tiene otros referentes en lo que al teatro musical respecta: sólo se interesa por lo que viene de Broadway o de Londres. Pero para coger lo mejor de fuera, primero tenemos que saber quienes somos. Hay que recuperar la memoria de lo nuestro. La copla, como dice Vázquez Montalbán, fue instrumentalizada por el franquismo, pero es muy anterior".
Cuenta Eduardo Haro-Tecglen que el manuscrito de Crónica sentimental de España llevaba tres años rodando por los cajones de la redacción de Triunfo cuando José Ángel Ezcurra, su director, le pidió que lo leyera, a ver qué le parecía. Quizás a otros redactores las páginas les habían impedido ver el libro. El ensayo de Vázquez Montalbán reivindica la copla como expresión de cultura popular y de sentimentalidad colectiva. ¿Se puede hacer un espectáculo a partir de esta colección de artículos? Pues sí. Xavier Albertí, director escénico, músico y adaptador de textos tan poco dramáticos a priori como Maestros antiguos, de Bernhard, ha escogido sus fragmentos más significativos y alguna de las coplas que cita su autor y los ha escenificado en forma de cabaré literario: con cinco intérpretes a cuerpo desnudo, acompañados al piano.
Escribe Vázquez Montalbán que los letristas son los más afortunados fotógrafos de la sentimentalidad: "A veces un simple letrista al servicio de una de aquellas orquestas que recorrían los veranos de la España eternamente devastada y reconstruida acertaban a dar la clave de un temple, como si su mano estuviese guiada por la magia de una sabiduría intangible". De ahí que la gente llana, que miraba la literatura como quien mira una galaxia lejana y ajena, entendiera, en cambio, "de una música con enjundia, que da más dignidad al paisaje de sus vidas". Esa música "enjundiosa" que el país entero canturreaba durante las primeras décadas del siglo XX era la zarzuela, y la copla.
En una hora breve como un suspiro, el espectáculo de Albertí recorre la historia de España desde los años cuarenta hasta el final del franquismo a través de una docena de canciones coetáneas de los tintes Iberia, las cuchillas Palmera, los quioscos verdes de pipas, el agua de cebada, las gachas, la hogaza de candeal, las neveras de hielo, las cámaras Leyca, los autobuses Leyland, el biscuter, el gogomovil y el medio huevo, aquel biplaza que se podía aparcar en una maceta. Algunas de estas coplas son cantadas mientras los actores dicen el texto de Vázquez Montalbán. Otras son interpretadas con ironía, y algunas, como Mi jaca, son parodiadas sin contemplaciones. En lengua árabe, ¡Qué viva España! suena extravagante y exótica.
"La intención última de Crónica sentimental de España", explica Albertí, "es mostrar que el poder opera desde la sentimentalidad. El franquismo usó la copla como arma para la educación moral y sexual del pueblo español".
El director catalán es un zahorí que detecta material precioso devaluado. Entre sus espectáculos figuran una versión de El dúo de La Africana, el recital autobiográfico De Manolo a Escobar, y Assajant Pitarra, patchwork del autor decimonónico Serafí Pitarra.
Por los ojos de Raquel Meller, el más ambicioso de estos tres espectáculos en torno a la copla, dirigido por Hugo Pérez, recrea la biografía musical de la artista a quien Cecil B. de Mille llamó: "La máscara de la tragedia". Aldous Huxley dijo de ella: "Es la intérprete más refinada y aristocrática que haya visto jamás". Y Sebastià Gasch: "Ninguna otra tonadillera en lo que va de siglo ha logrado elevar la canción al rango riguroso de arte, hecho de cosas pequeñas y hondas, de misterio y de luminosidad". Esta mujer hoy semiolvidada prestó su apellido artístico, tomado de un amor portuario fugaz hermoso y rubio como la cerveza, a perfumes, trajes, sombreros, medias, cosméticos e incluso a una marca de papel de fumar. Fue tan famosa como Sarah Bernhardt, Josephine Baker e Isadora Duncan, y tuvo un prestigio equivalente al de ellas.


Chaplin se inspiró en la Meller para escribir el personaje femenino de Luces de la ciudad, Renoir la retrató, Sorolla tomó mil apuntes suyos en su camerino y el tren en el que viajaban sus espectáculos tenía vía libre en Francia y en Estados Unidos. ¿Qué tenía esta mujer, nacida en Tarazona, educada en Cataluña para que todos la bendijeran? La copla bien interpretada es un microdrama, una historia de amor condensada en cuatro minutos que Raquel Meller era capaz de diseccionar en microescenas, a cada una de las cuales daba una intención diferente. "Temblorosa, pálida, ojerosa, tiene rostro de virgen bizantina", escribe de ella Juan José de Soiza Reilly. "Sale a escena como si caminara por la calle. Canta para sí misma, sotto voce, y a medida que lo hace nos cautiva más su silueta novelesca. Se transfigura sin arrugar su rostro. Sonríe sin abrir su boca. Se estremece de espanto sin una mueca. Nos parece que grita, pero está hablándonos en secreto. Su voz se alarga, llega hasta los últimos rincones del teatro y traspasa el vestíbulo sin dejar de cantar en voz baja. Hace el efecto de que nos susurra al oído, confidencialmente. Ése es su secreto: creemos que esa mujercita pálida, nerviosa, que nos dice de las penas que sufre, de las dichas que goza, del amor que desea, está allí en el teatro para nosotros solamente".
Hugo Pérez ha escrito Por los ojos de Raquel Meller con devoción. Es un espectáculo con luz de candilejas, de colores desvaídos, como de postal antigua pintada a mano, y con un vestuario diseñado por el propio director. Otra parte son vestidos originales de época, rehechos por Pérez. El montaje, estrenado el año pasado, vuelve a la sala Tribueñe renovado y con otro reparto.
Entre los 24 cuplés que cantan sus intérpretes, acompañadas vigorosamente al piano por Mijail Studionov, El ahorcado, de Martínez Abades, es el que la Meller pone como modelo de esa vertiente oscura de la copla con raíces en el romancero, que ella considera uno de los polos de su arte: "No le he visto y quiero verle / Con el rostro demacrado / Con los labios entreabiertos / Que dan a la lengua paso / Con los ojos muy abiertos / Que me miran espantados / Y me dicen al mirarme / con fiera expresión de ahorcado / Quiero que vengas conmigo / Ven que en mi fosa te aguardo". Lo macabro siempre ha sido imán y válvula de escape.
El otro polo de la copla es cómico, afarsado, grotesco y, en ocasiones, surreal. Como ejemplo, ésta, maravillosa, escuchada al conductor de un carro, que se le quedó grabada a Miguel de Molina de niño, cuando dejó la casa materna rumbo a Algeciras: "A la puerta de un sordo / cantaba un mudo / y un ciego le miraba / con disimulo / y dentro un cojo / bailaba sevillanas / con cuatro piojos". Entre dos aguas, macabra, festiva y, además, descreída, ésta tan popular: "Rascayú cuando mueras que harás tú / tú serás un cadáver nada más...", censurada por poner el más allá en duda, que los chicos de Crónica sentimental de España cantan a coro, mecánicamente y con instrumentos de juguete, montando ironía sobre ironía. -


EL MUNDO
La costurera más 'glamourosa'
Por Javier Villán




En el Paralelo barcelonés, territorio liberado para el placer y la juerga desenfrenada, hay una estatua de Raquel Meller, ofreciendo violetas como Eva debió de ofrecer a Adán la manzana de la perdición y la libertad. Raquel Meller, más que Lerroux, el rey, llegó a ser la auténtica emperatriz del Paralelo. Esta mujer de aspecto quebradizo y tímido, pacata y cosmopolita, tuvo el mundo a sus pies. Su fama sin fronteras y su fuerza de símbolo español y universal no mantienen hoy el nivel de aquellos tiempos del cuplé; pero ha bastado una obra de teatro, de Hugo Pérez, una pieza de un barroquismo simbolista, entre Julio Romero de Torrres y Toulouse-Lautrec, para que su figura vuelva a suscitar interés. Por los ojos de Raquel Meller es «una fantasía musical» que esclarece su figura sin quitarle la aureola del misterio. En efecto, misterio es que una modistilla llegue a las altas cumbres del glamour, que una menestrala, celosa guardiana de su doncellez, se convierta en símbolo de la picardía y la frivolidad. Y que después represente el tránsito de un estilo descarado a la elegancia burguesa y parisién, pongamos por caso.
La vida y el arte de Raquel Meller cubren el trecho que va de La pulga a El relicario; de un lado, la picardía de una chica impúdica que, entre el jolgorio libidinoso del público, se busca una pulga por los pliegues más recónditos de su cuerpo; de otro, la liturgia de la corrida y la leyenda del torero tan cerca de la simbología sacrificial como de la épica. Una alemana, Augusta Berges, y una española, Pilar Cohen, eran las que con más mimo y afán se buscaban la pulga: «Tengo una pulga dentro de la camisa, que salta, que corre y loca se desliza. Y por eso quiero poderla encontrar y como la coja la tengo que matar». La pulga fue el símbolo rijoso de un cuplé primario y El relicario la aproximación ritual a la muerte de un torero; la ritualidad desgarrada o culposa son ya elementos de la canción española. La diferente identidad estilística de los textos marca también su mensaje. Compárese el público al que va destinada la peripecia de una pulga saltarina con la historia de un torero que se hace un relicario con el trozo de su capote pisado por un lindo pie. El toro, como es de rigor en este caso, mata al torero. La estrofa posterior resume el drama de un amor infinito truncado por la muerte y en ella Raquel Meller demuestra su capacidad de actriz trágica, virtud que han tenido muchas tonadilleras y cupletistas: «El toreaba y a verlo fui, nunca lo hiciera que aquella tarde de sentimiento creí morir. Al dar un lance cayó en la arena, se sintió herido miró hacia mí y un relicario sacó del pecho que yo enseguida reconocí cuando el torero caía inerte...».
Raquel Meller, por verdadero nombre Francisca Márquez López, nacida en Tarazona, dignificó un género ínfimo de origen francés que fascinó a los intelectuales de principios del siglo XX. El pintor Sorolla se enamoró de ella como un burro y la pintó; Manuel Machado tenía el alma de nardo del árabe español y, por lo tanto, no era proclive a la pasión romática; pero llegó a escribirle alguna letra a la Meller, una que me parece se llamaba La pena. El mayor de los Machado se preguntaba entre perplejo y divertido sobre la identidad del couplet. Y lo definió mediante una estrambótica enumeración caótica: «apachesco, sicalíptico, ingenuo, triste, picante; monostrófico o políptico, declamatorio, danzante». O sea, un galimatías plural y polisémico, como la propia palabra, políptico, viene a expresar.
Al despojarlo de sus evidencias más obscenas, la Meller elevó el rango social del cuplé e hizo de él una realidad interclasista. El cuplé de la Meller llegó a seducir al propio Alfonso XIII quien la invitó a palacio para que le cantase allí; la Meller rehusó el requerimiento diciéndole, por lo fino, que el mismo trecho había del teatro a palacio que de palacio al teatro. La Meller hizo caricia lo que sonaba a palmada en la grupa y pellizco en el culo: una sutil voluptuosidad. La vida de Raquel Meller asciende del recato de un taller de costura a la sicalipsis de la Gran Peña y a la mundanidad del Paralelo, en el teatro Arnau. Allí, en el mundo nocturno y golfo, ella es la verdadera emperatriz y no Lerroux, el político radical y corrupto. Apuntalada en el cine, la carrera de la Meller deslumbró a Europa y América. El cine le dio dinero y fama, pero su verdadera naturaleza era la de cupletista, una voz justa, de cristal, que expresaba como nadie el delicado arte de la insinuación. Pese a todo, María Guerrero consideraba, con pesadumbre, que con Raquel Meller se ganó una cupletista singularísima y se perdió una gran actriz. Sarah Bernhard la distinguía con su amistad y Aldous Huxley proclamaba que era la más refinada y la más aristocrática intérprete de la pasión en un cuplé. Charles Chaplin quiso hacerla la protagonista de Luces de la ciudad y, al no conseguirlo, usó la melodía de La Violetera como fondo musical, lo que originó un proceso por cuestiones de derechos y uso indebido de una melodía.
Raquel Meller se casó en 1919 con el periodista Enrique Gómez Carrillo, hombre de mundo, un seductor que había tenido amores y líos de espionaje con la hermosa Mata-Hari fusilada por espía: Gomez Carrillo fue quien verdaderamente la convirtió en una estrella internacional. Acabada la guerra del 36, el fulgor de Raquel Meller empezó a perder brillo y, poco a poco, la vida fue amortizando tan magnífico esplendor. Perdió posesiones y fortunas; y perdió, sobre todo, la fuerza de su arte, la admiración de la gran sociedad y del público. Ni La Violetera ni El relicario, sus piezas fetiche, la dos joyas de su corona refulgente, lograban apuntalar su caída. Llegó su decadencia no del todo asumida, el olvido, la resignación doméstica y cotidiana. Si no empobrecida, sí con recursos más limitados, empezó a vivir de los recuerdos de sus grandezas. Había vivido en un palacio de Versalles y acabó viviendo en un piso de la Barcelona donde había empezado, temerosa y virgen, su vida de actriz frívola. Murió en 1962 y por entonces el cuplé y ella misma eran sombras para nostálgicos. Al final de sus días estaba más cerca de aquella modistilla de un taller de costura, soñadora y cantarina, que de la estrella deslumbrante, una diosa idolatrada en todo el mundo. Se vuelve a los orígenes sin que nos demos cuenta.


EL MUNDO

Refinamiento y picardía
JAVIER VILLAN'Por los ojos de Raquel Meller'

Autor, escenógrafo, figurinista, coreógrafo y director: Hugo Pérez. / Intérpretes: Mari Angeles Pérez Muñoz, Irina Kouberskaya, Rocío Osuna, Carmen Rodríguez de la Pica, Begoña Cano e Iván Oriola. / Pianista y director musical: Mikhail Studyonov. / Escenario: Sala Tribueñe.
Calificación: ****

MADRID.- No sería raro que, a partir de ahora, quienes aman el mito de Raquel Meller empiecen a verlo a través de los ojos de Hugo Pérez; y de los ojos y de la voz de Mari Angeles Pérez Muñoz. Hugo Pérez es el alma plural de este bello espectáculo; lo hace todo, menos cantar, y todo lo hace bien. La poética de este acercamiento a Raquel Meller tiene aroma de tiempos viejos, de luces de candilejas; de estampas de colmao y sentimentalidad golfa de principios del siglo XIX. Hugo Pérez ha asimilado el espíritu teatral de la Sala Tribueñe que, a través de Irina Kouberskaya, viene de las vanguardias rusas. El resultado es espléndido.
Irina Kouberskaya ha respirado siempre con aliento de Valle-Inclán y reciente está todavía su honda y poliédrica representación de Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte. Aquí, Irina se aparta de Valle y de la dirección y da rienda suelta a sus condiciones de actriz.
Por los ojos de Raquel Meller es un espectáculo que pudiera ser eterno, aunque es de desear que las virtudes de Hugo Pérez no se agoten en él. Más que de una biografía rigurosa se trata de una aproximación poética, una fantasía musical e histórica basada en el arte de la mítica cupletista. El cuplé es símbolo de una época y es esa simbología la que recupera esta obra. Vemos la Historia -la del cuplé, la de España y la del mundo- a través de los ojos de la Meller, una inocente doncella que salió de un convento de monjas y se hizo la reina de la frivolidad elegante y refinada.
Es un gozo escuchar la voz purísima, frágil y cristalina de Nené-Meller, su doncellez de modistilla y cómo se va transformando de humilde costurera en reina del Paralelo, admirada y querida por todas las clases sociales. Del Rey abajo, nadie escapó a su poder de fascinación. Mas no es menos gozoso contemplar el riguroso alarde actoral de Iván Oriola, múltiple y polifacético; o el de Rocío Osuna, impecable y bella en sus cometidos; o el de Carmen Rodríguez de la Pica o Begoña Cano: cinco intérpretes de cuerpo entero, que se desdoblan en muchos personajes.


EL PAIS

La voz de Raquel Meller
JAVIER VALLEJO 13/01/2007

Hugo Pérez homenajea a la cantante que teatralizó el cuplé en Por los ojos de Raquel Meller, musical biográfico protagonizado por Nené en la sala TribueÑe de Madrid.

Durante la segunda década del siglo XX los musicales y las variedades ocupan el 75% de la programación de nuestros teatros. Una pléyade de cupletistas intenta abrirse camino en alguno de los seis mil salones y cafés cantantes que hay diseminados por España (en Madrid hay un centenar y en Barcelona, doscientos). La Bella Chelito se busca una pulga esquiva siguiendo los pasos de la divette alemana Augusta Berges. La Fornarina canta aquello de: "Óle catapúm, catapúm, catapera / arsa p'arriba, polichinela", haciendo temblar sus senos ante un público exclusivamente masculino. Intelectuales y aristócratas acuden a ver a las chicas: Valle-Inclán es tercero en los amores del maharajá de Kapurthala con Anita Delgado, La Camelia. Alfonso XIII tiene entre sus amantes a La Chelito. El pueblo llano de las urbes, procedente de la emigración, encuentra en el cuplé lo que el teatro no sabe darle: un medio de expresión emocional entroncado con su cultura originaria, de transmisión oral. De entre las cupletistas, la más completa fue Raquel Meller. Maeterlinck, Lugné-Poe y Firmin Gémier equipararon su talento dramático, puramente instintivo, al de Eleonora Duse y al de Sarah Bernhardt. La Meller esculpía sus canciones. Urdía una puesta en escena para cada una. Las convertía en tragedias, melodramas y comedias brevísimas. El director y figurinista Hugo Pérez homenajea a la diva en Por los ojos de Raquel Meller, musical biográfico que se representa en la sala TribueÑe de Madrid hasta el 18 de febrero.
En su biografía de la diva,Henriette Magy explica cómo transformó la célebre nana El noi de la mare ("tam, pa tam tam / que les figues són verdes...") en un drama en tres microactos, y cómo, con el tiempo, fue variando su contenido emocional sin tocar la letra. Era una artista innata. El relicario, su gran éxito, se lo arrebató a Conchita Ulía, que lo cantaba en el Salón Eldorado de la plaza de Cataluña. Le dio un tratamiento diferente: lo interpretó vestida de negro, con un ramo de claveles, el escenario a oscuras, iluminada por un cenital y con la orquesta tocando pianísimo para que el dramatismo de la letra resaltase por encima de la alegre melodía. Tan famosa se hizo esta canción que Roosevelt la usó como leitmotiv de su campaña electoral. Chaplin se apropió de La violetera, otro hit de la Meller y del maestro Padilla, para su película Luces de la ciudad. Antes le había ofrecido el papel de Josefina en un Napoleón que no llegó a rodarse. Durante los años veinte, Raquel Meller se afincó en París, donde protagonizó musicales y películas, cantando siempre en castellano y en catalán. Sebastià Gasch dice que nadie hizo por España lo que ella con sólo interpretar sus tonadillas. Cecil B. de Mille la llamó "máscara de la tragedia" y Apel.les Mestres "intencionista incomparable". María Guerrero y Sarah Bernhardt lamentaban que no se pasara al teatro.


LA NETRO


Recorrido poético por la memoria de Raquel Meller, Francisca Marqués López, Paquita (1888 –1962), quien llegó a ser la tonadillera más famosa de España y adorada en medio mundo.
Por los ojos de Raquel Meller revive el hechizo antiguo de aquellos años a través de un decorado minimalista, un vestuario exquisito, un maquillaje expresionista y unos intérpretes literalmente prodigiosos. Maribel Per, esto es, Raquel Meller, estremece con cada nota que pronuncia, ya sean las de La violetera, El relicario –sus canciones fetiche– Flor de Te o el Ven y Ven con el que la artista debutó en septiembre de 1911 en el Teatro Arnau de Barcelona.
Pero si ella acapara naturalmente toda la atención, el resto de actores, desdoblados en múltiples personajes, no le van a la zaga. Chelo Vivares –quien en su papel de la cantante Bella Niebla en el salón La Gran Peña guarda un parecido alucinógeno con la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane?–, Belén González –cuya vis cómica es sencillamente indescriptible–, la delicada Badia Albayati, la recia Carmen Rodríguez de la Pica y el polivalente y expresivo Iván Oriola, respiran sobre el escenario con tanta intensidad que nadie puede dudar de que están vivos.
Peter Brook, en su famoso ensayo El espacio vacío, decía del teatro sagrado que era el ‘teatro de lo invisible-hecho-visible’. "Podemos –asegura– hacer un culto de la personalidad del director de orquesta, pero somos conscientes de que él no hace música, sino que la música lo hace a él; si el director está relajado, receptivo y afinado, lo invisible se apodera de él y, a su través, nos llega a nosotros".
Así sucede, exactamente, en Por los ojos de Raquel Meller, sin duda la más extraordinaria maravilla que se representa ahora mismo en Madrid. Hugo Pérez, su director y hombre orquesta –suya es también la idea, el guión, el espacio, la coreografía, los figurines y el diseño de iluminación– ha logrado impregnar la Sala Tribueñe de un "silencio teatral" auténtico, ese que el talento reserva sólo a los grandes del oficio.
Por los ojos de Raquel Meller tiene, como escribió en su día de la artista el compositor Amadeo Vives, "algo de sol y de luna, de clavel y de rosa, de feria, serenata y pavana. Es una feliz mezcla de pasión, sentimiento y fantasía de mujer de carne y de mujer de ensueño".
Un misterio, en definitiva. Sus escenas se suceden ligadas una a otra como versos, fotogramas de cine mudo sobre un fondo de telones que se convierten en banderas, mantones y sábanas inmaculadas que invitan al teatro de sombras y devienen en pantalla cinematográfica por la que se derrama temblorosa la imagen de la auténtica Raquel Meller, con sus ojos enormes dibujados de negro.
Alquimia divina para un espectáculo capaz de sintetizar con unos breves trazos no sólo una vida, sino un pedazo de siglo. Ante un trabajo como este no caben las sugerencias, sólo los imperativos: vayan a verlo. Seguramente se preguntarán, ¿cómo hemos podido olvidar a Raquel Meller?
Texto M.W.


EL DISTRITO


Por los ojos de Raquel Meller, teatro independiente con mayúsculas
No se trata de un repaso biográfico o histórico, sino más bien de una evocación poética que se sirve de la música en directo, así como de las luces, el vestuario y una escenografía muy cuidada para recrear esta firgura y el ambiente de la Barcelona de principios del siglo XX.
La Sala Tribueñe es uno de los referentes del teatro independiente de la capital. Punto de encuentro de lo más destacado de la vanguardia escénica y reclamo habitual del público jóven e inconformista de Madrid. Sin embargo, un gran espectáculo que recuerda la figura de la tonadillera y actriz, Raquel Meller, ha logrado despertar el interés de los espectadores más maduros y, lo que es todavía más difícil, los elogios de la crítica.
Por los ojos de Raquel Meller, dirigida magistralmente por Hugo Pérez, es una comedia musical que surge con la intención de hacer justicia a una figura existosa de su tiempo, pero olvidada con el transcurso de los años. Una mujer, que sin saberlo, fue pionera incluso de la emancipación de la mujer a través de su propio arte individual. No se trata de un repaso biográfico o histórico, sino más bien de una evocación poética que se sirve de la música en directo, así como de las luces, el vestuario y una escenografía muy cuidada para recrear esta figura y el ambiente de la Barcelona de principios del siglo XX.
El resultado final es perfecto, y por qué no decirlo sorprendente. María Ángeles Pérez Muñoz, Irina Kouberskaya recrean con maestría las dos edades de Raquel Meller. Pero la obra quedaría incompleta si no fuera por el gran trabajo de los secundarios. Rocío Osuna, Begoña Cano o Iván Oriola, también merecen una mención especial.
Música y baile, energía y emoción en algo más de dos horas de espectáculo. Sin duda, Por los ojos de Raquel Meller es una excelente ocasión para disfrutar del teatro con mayúsculas en un escenario mágico y diferente.
Sala Tribueñe(hasta el 24 de junio)Sancho Dávila, 31Metro Ventas - Autobús 12

Veronica Gonzalez

REVISTA MUSICAL ESPAÑOLA


POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLEREl teatro está vivo
Hugo López -al que considero el Amenabar del teatro- no deja de sorprenderme, aunque, por su talento no debería ser así. Ha hecho de “Por los ojos de Raquel Meller” una obra en continua evolución. Las tres versiones que he visto, no me han defraudado. Esta última me ha gustado aún más y creo que con la siguiente (porque seguro que Hugo aún nos reserva más sorpresas) volverá a ocurrir.La música de fondo, no sólo el acompañamiento de los cuplés sino lo que considero banda sonora, fantástica e impecablemente interpretada por el pianista ucraniano Mikhail Studyonov.La plasticidad de la obra absolutamente perfecta.El vestuario, que ha seguido mejorando, imaginativo y auténtico y es que los trajes (que se diría tienen la pátina del tiempo) parecen sacados de un viejo arcón.Los actores bordando sus papeles, principalmente, Irina Kouberskaya y Rocío Osuna.Respeto para la figura de Raquel Meller en una obra llena de dramatismo, humor y matices ¿Hay quien de más?


Olga María Ramos


APANET


La tarde noche de ayer 18 de febrero de 2007, marcará un antes y un después en los montajes teatrales "Por los ojos de Raquel Meller" es una tragicomedia musical en la que su director ,Hugo Pérez, nos recibe a puerta gayola para después sentar cátedra en el albero de las tablas con un absoluto dominio de las suertes. Hugo alarga hasta el infinito la faena y aquí advertimos que el infinito cabe en un instante. El maestro dirige con sabiduría un increíble elenco de actores que bien pudieran dar lecciones magistrales desde su" anonimato oficial " a muchas de las vacas sagradas del mundillo del teatro de autor subvencionado por el ministerio de cultura ( así, escrito en minúsculas ) de turno.Bienaventurados los que hemos presenciado esta noche histórica en la Sala Tribueñe, porque hemos reído, llorado, cantado y aplaudido desde el corazón, este soberbio retablo sobre la vida y la historia de Raquel Meller, grande entre las grandes, a quien Hugo Pérez eleva a la categoría de cronista de las dos Españas. Talento a ras de suelo, a ras de cielo, es lo que necesita el teatro. Hugo Pérez lo tiene a espuertas.


Paco Montesinos


EL MUNDO

Querida Cayetana...
La sala Tribueñe es uno de los destacados teatros alternativos de los que disfruta el pueblo madrileño. En él se incendia de forma habitual lo más granado de nuestro teatro joven, de nuestra vanguardia escénica. Pero, por primera vez, he visto entre el público señoras mayores y algún caballero de otro tiempo. Y ello porque la sabiduría de Hugo Pérez ha montado Por los ojos de Raquel Meller, comedia musical que se hace nostalgia en las canciones de una de las artistas grandes de la copla española. En un espacio mínimo, Kira Oriola y Juan Ramón Sánchez hacen maravillas con los forillos, el atrezzo, la escenografía, el sonido y las luces. María Angeles Pérez Muñoz, Irina Kouberskaya y Rocío Osuna bordan las tres edades de Raquel Meller con seguridad en la escena y perfección insólita en las canciones. Carmen de la Pica, Begoña Cano e Iván Oriol, eficacísimos en sus papeles. La obra deja un mensaje inconmovible: Raquel Meller fue una pionera en la defensa de los derechos y libertades de la mujer.


Luis Maria Ansón.

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